A las siete y media de la mañana se citó a los competidores a
la carrera, todos llegaron puntuales con su ropa deportiva muy concentrados en
ganar. Antes de empezar hablaban entre ellos cada uno adjudicándose ser el
corredor más rápido.
Decenas de espectadores ya habían hecho sus apuestas al
corredor que le tenían fe. A pesar de haber muchas, la mayoría de las apuestas
confiaron en el mismo competidor. Este se había hecho famoso por todo el
esfuerzo que ponía en cada carrera.
Se dispusieron todos los corredores a comenzar alineándose en
la partida y cuando el juez disparó al aire corrieron a toda velocidad. Al principio
no se podían distinguir las posiciones que ocupaban, iban todos empatados pero
cada uno pensaba que iba ganando.
De los doce competidores uno comenzó a quedarse atrás por una
milésima de segundo pero la distancia fue haciéndose cada vez mayor y todos
notaron que él era el último. Al percatarse de esto el número doce miró a su
alrededor, le pareció que las miradas burlonas del público, se reían de él y
que otras lo miraban con enojo por haber perdido dinero apostando a su
velocidad. De pronto se detuvo y salió de la pista, no soportaba el fracaso y
menos en público.
Ahora estaban bien claras las posiciones en que se encontraba
cada uno y el número once al ver que el anterior último competidor se había retirado
se dio cuenta que él había pasado al último lugar en la carrera. Intentando
pasar desapercibido se escabulló por el costado de la pista y se fue sin dar
explicación alguna.
Lo mismo hizo el diez, luego el nueve, el ocho, el siete, el
seis, el cinco, el cuatro y el tres, cada uno con una manera distinta de
salirse de la competencia. Algunos se iban enfurecidos pateando los carteles y
decoraciones del evento ya que no toleraban perder cuando se creían los
mejores, otros se iban silenciosamente pero de todas maneras el público lo
notaba. El tres se excusó diciendo que su zapato se había desamarrado pero
todos los espectadores se dieron cuenta cuando él mismo se agachó y lo
desamarró.
Finalmente quedaban solo dos competidores y unos cincuenta
metros para terminar. Muchos esperaban
que el segundo hiciera lo mismo que los otros y se saliera de la carrera, sin
embargo la terminó trotando mientras el primero sudaba y se ahogaba con su
respiración agitada.
El primero celebrando entre lágrimas se alegraba de haber
sido el mejor y haber humillado a los otros competidores. Además de conservar
la confianza de los tantos apostadores que creyeron en él por el esfuerzo que
ponía en cada carrera. El segundo no era orgulloso y había apostado todo su
dinero al primero.
Fin.
No hay comentarios:
Publicar un comentario